El tiempo del hombre

La partícula cósmica que navega en mi sangre

es un mundo infinito de fuerzas siderales.

Vino a mí tras un largo camino de milenios

cuando tal vez fui arena, para los pies del aire.

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Luego fui la madera, raíz desesperada,

fundida en el silencio de un desierto sin agua.

Después fui caracol quién sabe dónde,

y los mares me dieron su primera palabra.

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 Después la forma humana desplegó sobre el mundo

la universal bandera del músculo y la lágrima.

Y creció la blasfemia sobre la vieja tierra,

y el azafrán… y el tilo, la copla y la plegaria.

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Entonces vine a América para nacer en hombre,

y en mí junté la pampa, la selva y la montaña.

Si un abuelo llanero galopó hasta mi cuna,

otro me dijo historias en su flauta de caña.

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Yo no estudio las cosas, ni pretendo entenderlas,

las reconozco, es cierto, pues antes viví en ellas.

Converso con las hojas en medio de los montes

y me dan sus mensajes las raíces secretas.

________________________________

Y así voy por el mundo, sin edad ni destino,

al amparo de un Cosmos que camina conmigo.

Amo la luz… y el río… y el silencio… y la estrella,

y florezco en guitarras porque fui la madera.

Atahualpa Yupanqui.

En el libro “El vínculo primordial”

de Daniel Taropio

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